LA VITAL DIFERENCIA DE LAS COSAS


Le preguntaron cierta vez a Uwais, el Sufí:
«¿Qué es lo que la Gracia te ha dado?». Y les respondió:

«Cuando me despierto por las mañanas, me siento como un hombre que no está seguro de vivir hasta la noche». 

Le volvieron a preguntar:

«Pero esto ¿no lo saben todos los hombres?». 

Y replicó Uwais:

«Sí, lo saben, Pero no todos lo sienten». 

Jamás se ha emborrachado nadie a base de comprender intelectualmente la palabra VINO.

COME TÚ MISMO LA FRUTA

En cierta ocasión se quejaba un discípulo a su Maestro:
 «Siempre nos cuentas historias, pero nunca nos revelas su significado»

El Maestro le replicó:
«¿Te gustaría que alguien te ofreciera fruta y la masticara antes de dártela?».

Nadie puede descubrir tu propio significado en tu lugar.

Ni si quiera el Maestro.

ABRAZA A TU NIÑO INTERIOR, PERDONALO Y CUIDALO

Si nuestro niño interior tiene heridas, nuestra parte adulta no se desarrollará de una manera saludable

La niñez es la etapa crucial para el desarrollo de nuestra personalidad. Es la época donde todo lo que adquiramos nos irá definiendo, es decir, nos ayudará en nuestro desarrollo integral como personas tomando en cuenta que siempre seremos una unidad perfecta de mente, cuerpo y espíritu.
En la niñez aprendemos a tener ideas claras para argumentar y no solo opinar, acerca del mundo en general, del hombre, de la vida, a distinguir el bien y el mal, con base a valores que nos permitan irnos formando juicios propios y así tener un comportamiento que vaya de acuerdo con ellos.
Es la época en que nuestros padres son nuestros héroes y modelos a seguir, nuestras figuras segurizantes que nos hacen sentir amados y valorados. (Tristemente, a veces lo contrario). Observamos sus actitudes y comportamientos y estos nos impactarán en nuestras emociones, en nuestra precepción sobre la vida, el amor, el perdón, etc. Todas esas sensaciones -sentirnos amados o rechazados; sentirnos con miedo o seguros, etc.- se quedarán almacenadas en nuestra memoria.
Por lo tanto, una niñez lo más sana posible es básica para nuestro óptimo desarrollo hacia la edad adulta. Sin embargo, sabemos que la mayoría de las personas no hemos tenido una niñez sana.
Justo esto es el niño interior, ese conjunto de creencias -buenas y no tan buenas- que nos fueron inculcadas durante nuestros primeros años de vida (incluso, desde el vientre materno), ideas que absorbimos, que se quedaron almacenadas en nuestra memoria y que hoy nos hacen ser lo que somos y actuar de la manera que lo hacemos.
Por lo tanto, si tenemos un niño interior que fue lastimado, nuestra parte adulta no se desarrollará de una manera tan saludable. En pocas palabras, las huellas de abandono y las heridas emocionales que recibimos en la infancia las traeremos arrastrando a la edad adulta hasta el momento en que las reconozcamos y hagamos un trabajo interior para sanarlas.
Es importante considerar que para realmente sanar a nuestro niño interior no debemos ir buscando culpables ni podemos señalar a nuestros padres como los principales responsables de que nosotros seamos de tal o cual manera. Al contrario, la gratitud hacia ellos es necesaria si realmente queremos sanar.
Hay que decirles con consciencia y desde el corazón: “Gracias papá, gracias mamá por todo lo que me dieron y lo que no me dieron ahora yo -el adulto- me encargo de conseguirlo”. ¿Sabes por qué? Porque, al final, ellos también fueron producto de su historia y nos dieron lo que tenían para darnos, ni más ni menos. Porque estamos convencidos de que si ellos hubieran sabido hacer las cosas diferentes para demostrarnos su amor incondicional, lo hubieran hecho.
Esto no significa que les estemos justificando, sino que nos estamos haciendo conscientes de lo que sentimos, reconociendo nuestras sensaciones y haciéndoles frente para curar nuestro interior. Hoy ya somos adultos y, por lo tanto, responsables de buscar, encontrar soluciones y soltar esas creencias y comportamientos que ya no nos sirven para seguir creciendo como personas íntegras.
Ser siempre niños… Tener nuestro interior sano, libre de apegos y de rencores como el de ellos. Se dice en las Sagradas Escrituras que para entrar al reino de los cielos hay que ser como niños y vivir como tal. ¿Y es que podrá haber algo más real y sincero que la inocencia que sale del alma de un niño, de su corazón que es puro? Es una maravilla con la simplicidad que viven, no se complican la vida como los adultos. Su capacidad para perdonar es impresionante, digan de ser imitada. Si todos viéramos el mundo a través de sus ojos, este sería aún un mejor lugar para vivir.
La gran ironía es que muchos niños desean crecer rápidamente y convertirse en adultos y los que ahora somos adultos desearíamos volver a ser niños. ¿Y sabes? Es que sí podemos volver a serlo desde un punto de vista espiritual.
Por ejemplo, tú recuerdas cuando eras niño y te caías, como corrías a los brazos de mamá para encontrar consuelo porque tenías la certeza de que ellos podían hacer algo para curarte y hacerte sentir mejor. Confiado te apresurabas a que te abrazara y las simples caricias y la voz de ella te tranquilizaban. Los brazos de los padres tienen algo que nadie más tiene. Entonces, hay que volver a ser niños y así hay que soltarnos en los brazos de nuestro Padre amoroso -Dios- confiados en que Él siempre tendrá la capacidad de rescatarnos de cualquier caída en la vida y de curarnos por más profunda y enferma que esté nuestra herida.
¡Necesitamos volver a ser niños! ¿Y a ti te gustaría volver a serlo? Yo creo que muchos traen un niño interior muy despierto. Sobre todo, aquellos que no se toman las cosas tan en serio y procuran ver la vida a través de los ojos de un infante, como una gran aventura aprendiendo a disfrutar de las cosas más simples. Para esas personas es muy importante mantener el corazón infantil, lo más puro y sencillo posible y así poder vislumbrar todo ese amor que Dios tiene dispuesto para ellos.
Por supuesto que muchas veces no logran mantener esa actitud de vida y cuando el miedo y la frustración se apoderan de ellos y asustan a su niño interior, el hoy adulto entra en diálogo con él y lo tranquiliza diciéndole: “Ten calma pequeño, ahora yo -el adulto- cuido de ti y de ambos cuida Dios. No hay nada que temer, estamos a salvo”.
Ahora reflexiona: si en este momento tuvieras frente a tus ojos a tu reflejo, es decir, a ti mismo, pero en pequeño, en niño, ¿qué crees tú que te diría?
¿Se sentiría feliz o desilusionado de ver lo que hiciste de él? Te agradecería por el maravilloso adulto que eres, responsable, virtuoso, amoroso, fiel a tu vocación y leal a tus valores. Te daría un gran abrazo y en el oído te diría, “Gracias por rescatarme y convertirme en un adulto sano y maduro”. O de plano se taparía la cara y con ojos llorosos te diría: “Lamento mucho en lo que me has convertido; ¿por qué elegiste nunca rescatarme ni sanarme?”
En cualquiera de las 2 opciones, abraza a tu niño interior con amor, pídele perdón y reconcíliate con él de ser necesario, es decir, trabaja para rescatarlo y sanarlo.

LA ESTUPIDEZ DE SEGUIR LAS TRADICIONES

Un gran maestro zen budista, responsable por el monasterio de Mayu Kagi, tení­a un gato que era la pasión de su vida. Así­, durante las clases de meditación, lo mantení­a a su lado, para disfrutar lo más posible de su compañí­a.
Cierta mañana, el maestro – que era ya bastante viejo – apareció muerto. El discí­pulo de mayor grado ocupó su lugar.
-¿Qué haremos con el gato? – preguntaron los otros monjes.
Como homenaje al recuerdo de su antiguo instructor, el nuevo maestro decidió permitir que el gato continuase asistiendo a las clases de budismo zen.
Algunos discí­pulos de los monasterios vecinos, que viajaban mucho por la región, descubrieron que en uno de los más famosos templos del lugar, un gato participaba en las meditaciones. Y la historia comenzó a correr.
Pasaron muchos años. El gato murió, pero los alumnos del monasterio estaban tan acostumbrados a su presencia que buscaron otro gato. Mientras tanto, los demás templos empezaron a introducir gatos en sus meditaciones: creí­an que el gato era el verdadero responsable de la fama y la calidad de enseñanza de Mayu Kagi, olvidando que el antiguo maestro era un excelente instructor.
Transcurrió una generación, y comenzaron a surgir tratados técnicos sobre la importancia del gato en la meditación zen. Un profesor universitario desarrolló la tesis – aceptada por la comunidad académica – de que este felino poseí­a la capacidad de aumentar el nivel de concentración humana y eliminar las energí­as negativas.
Hasta que apareció un maestro que tení­a alergia por los animales domésticos y resolvió retirar el gato de las prácticas diarias con sus alumnos.
Se produjo una gran reacción negativa, pero el maestro insistió. Y como era un excelente instructor, los alumnos continuaron con el mismo rendimiento escolar, a pesar de la ausencia del gato.
Poco a poco, los monasterios – siempre en busca de ideas nuevas y cansados de tener que alimentar a tantos gatos – fueron eliminando a los animales de las clases. En 20 años comenzaron a surgir nuevas tesis revolucionarias, con tí­tulos convincentes como “La importancia de la meditación sin el gato” o “Equilibrando el universo zen solo por el poder de la mente, sin la ayuda de animales”.
Pasó otro siglo y el gato salió por completo del ritual de la meditación zen en aquella región. Pero se necesitaron doscientos años para que todo volviese a la normalidad, ya que nadie se preguntó, durante todo ese tiempo, por qué el gato estaba allí­.

CAMBIANDO AL MUNDO

El sufí Bayazid dice acerca de sí mismo: «De joven yo era un revolucionario y mi oración consistía en decir a Dios: 
‘Señor, dame fuerzas par cambiar el mundo’». 
«A medida que fui haciéndome adulto y caí en la cuenta de que me había pasado media vida sin haber logrado cambiar a una sola alma, transformé mi oración y comencé a decir: 
‘Señor, dame la gracia de transformar a cuantos entran en contacto conmigo. Aunque sólo sea a mi familia y a mis amigos. Con eso me doy por satisfecho’».
«Ahora, que soy un viejo y tengo los días contados, he empezado a comprender lo estúpido que yo he sido. Mi única oración es la siguiente: 
‘Señor, dame la gracia de cambiarme a mí mismo’. Si yo hubiera orado de este modo desde el principio, no habría malgastado mi vida».
Todo el mundo piensa en cambiar a la humanidad. Casi nadie piensa en cambiarse a sí mismo.
Anthony de Mello

LA VIDA NO ES UNA CLASE DE FILOSOFÍA

La resolución de tus problemas implica darte una respuesta que te satisfaga intelectualmente; y disolver tu problema es darte un método que te haga consciente de que no existe ningún problema: todos los problemas son nuestras propias creaciones y no hay necesidad de ninguna respuesta.
La conciencia iluminada no tiene respuesta.
Su belleza consiste en que no tiene preguntas.
Todas sus preguntas se han disuelto, han desaparecido. La gente piensa de otra manera: piensa que el hombre iluminado debe tener la respuesta para todo. La realidad es que él no tiene ninguna respuesta en absoluto. No tiene preguntas. Sin preguntas ¿cómo puede tener alguna respuesta?
Gertrude Stein, una gran poeta, estaba muriendo rodeada de sus amigos cuando abrió repentinamente los ojos y preguntó, “¿Cuál es la respuesta?”.
Alguien dijo: “Pero si no sabemos la pregunta, ¿cómo podemos saber la respuesta?”.
Ella abrió sus ojos por última vez y dijo: “Está bien, entonces ¿cuál es la pregunta?”, y murió. Unas últimas palabras bastante extrañas.
Es muy hermoso descubrir las últimas palabras de los poetas, pintores, bailarines, cantantes. Hay algo enormemente significativo en ellas.
¿Primero ella preguntó: “¿Cuál es la respuesta?”... como si la pregunta no pudiera ser diferente para seres humanos diferentes. La pregunta debe ser la misma; no hay necesidad de articularla. Y ella tenía prisa, así que más que pasar por el canal adecuado — haciendo la pregunta y después escuchando la respuesta — ella simplemente preguntó: “¿Cuál es la respuesta?”.
Pero la gente no entiende que todo ser humano está en la misma posición: La misma pregunta es la pregunta de todos. Así que una persona estúpida preguntó: “¿Pero cómo podemos contestar si no sabemos la pregunta?”.
Parece lógico, pero no lo es: es simplemente estúpido; y a una persona que está muriendo…. Pero la pobre mujer abrió los ojos una vez más. Ella dijo: “Está bien, ¿cuál es la pregunta?”. Y luego hubo silencio.
Nadie sabe la pregunta, nadie sabe la respuesta. De hecho no hay pregunta y no hay respuesta; solamente existe una manera de vivir en la confusión, en la mente. Entonces hay millones de preguntas y millones de respuestas, y cada respuesta trae cientos de preguntas, y esto no tiene fin.
Pero hay otra forma de vida: el vivir en conciencia; y no hay respuesta ni pregunta.
Si yo hubiera estado presente cuando Gertrude Stein estaba muriendo le habría dicho: “Éste no es el momento de preocuparse por preguntas y respuestas. Recuerda que no hay pregunta y no hay respuesta: la existencia es absolutamente silenciosa en cuanto a preguntas y respuestas. No es una clase de filosofía. Muere sin ninguna pregunta y sin ninguna respuesta; muere simplemente en silencio, consciente, en paz'.
Osho, The Path of the Mystic, charla #43

SE UN BAMBU HUECO

Este es uno de los métodos especiales de Tilopa. Cada maestro tiene su propio método especial a través del cual se ha realizado, y a través del cual le gustaría ayudar a otros. Esta es la especialidad de Tilopa: Como un bambú hueco descansa a gusto con tu cuerpo.
Un bambú: completamente hueco por dentro. Cuando descansas, sólo sientes que eres como un bambú: completamente hueco y vacío por dentro. Y, de hecho, éste es el caso: tu cuerpo es simplemente como un bambú, y por dentro está vacío. Tu piel, tus huesos, tu sangre, son todos parte del bambú, y dentro hay espacio, vacuidad.
Cuando estás sentado con la boca completamente silenciosa, inactiva; con la lengua tocando el paladar superior y en silencio, sin temblar con los pensamientos, la mente observando pasivamente, sin esperar algo en particular, siéntete como un bambú hueco. De repente, una infinidad de energía comienza a verterse dentro de ti. Estás lleno de lo desconocido, de lo misterioso, de lo divino. Un bambú hueco se convierte en una flauta y lo divino comienza a tocarla. Una vez que estás vacío, entonces no hay barrera para que lo divino entre en ti.
Intenta esto. Esta es una de las meditaciones más hermosas, la meditación de convertirte en un bambú hueco. No necesitas hacer nada más. Simplemente te conviertes en esto, y todo lo demás sucede. De repente sientes que algo está descendiendo en tu vacuidad. Eres como una matriz y una nueva vida está entrando en ti, una semilla está cayendo. Y llega un momento en que el bambú desaparece completamente.
Descansa a gusto; no desees cosas espirituales, no desees el cielo, no desees ni siquiera a Dios. Cuanto estás sin deseos, eres liberado. La budeidad no puede ser deseada, porque el desear es la barrera. Cuando estás vacío, el espacio está ahí; la semilla explota.
No hay nada que dar, no hay nada que conseguir. Todo está absolutamente bien... así como está. No hay necesidad de ningún dar y tomar. Eres absolutamente perfecto así como estás.
No necesitas convertirte en nada; simplemente date cuenta de quién eres, eso es todo. Simplemente date cuenta de quién está escondido dentro de ti. Tratando de mejorar, cualquier cosa que mejores, siempre estarás en estado de ansiedad y angustia, porque el mismo esfuerzo por mejorar te está conduciendo por un camino equivocado. Hace que el futuro tenga sentido, que la meta tenga sentido, que los ideales tengan sentido, y entonces tu mente se convierte en deseo.
Deseando, te lo pierdes. Al permitir que el deseo aminore, se convierte en un estanque silencioso de no-deseo; y de repente quedas sorprendido, inesperadamente está ahí. Y tú te reirás desde el vientre, como reía Bodhidharma.
¿Qué es lo que hay que practicar entonces? Estar cada vez más a gusto. Estar cada vez más aquí y ahora. Estar cada vez más en acción, y menos en actividad. Estar cada vez más hueco, vacío, pasivo. Ser cada vez más un observador; indiferente, no esperando nada, no deseando nada. Estar contento contigo mismo así como estás. Estar celebrando.
Y entonces, en cualquier momento; en cualquier momento cuando las cosas maduran y llega la estación correcta, tú floreces en un buda”.
 
Osho, Tantra: The Supreme Understanding, charla #4